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Hay que pensar en la Familia y en Colombia este domingo 31 de mayo

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  • hace 13 horas
  • 4 min de lectura

INFORME ESPECIAL

Por: John del Río

Comunicador Social y Periodista

Redacción San Buenaventura Estéreo 95.4 F.M

Viernes, 29 de mayo, de 2026

14:00 p.m.

El próximo domingo, Colombia, uno de los países con más cicatrices y afecciones por la violencia, la polarización política y la desigualdad en el planeta, va a elegir su mandatario para los próximos cuatro años.


La política despierta pasiones y, en elecciones, es fácil dejarse llevar por la emoción. La indignación, la frustración, la ilusión, aparecen, eso es humano. El problema empieza cuando se vota por rabia o ansias simplemente por derrotar a otro, sin que importe si eso va a mejorar la vida o no.


En los últimos años, Colombia ha tenido un escenario político de confrontaciones. El estilo del debate político ha sido más duro, más activista, lleno de choques e insultos permanentes, con descalificaciones personales de todos los lados. El país está más dividido, más tenso, más incierto. Y eso tiene impacto directo en el ingreso, la vida y el desarrollo de cada persona, sí, la de cada ciudadano como ser humano y votante, la de su familia y la de su comunidad.


Parece olvidarse que la polarización tiene costos de verdad, pues una vez la polarización se vuelve “tóxica” —cuando el rival político es visto como enemigo moral y la política invade incluso las relaciones personales—, la calidad institucional se debilita, la libertad de expresión se afecta y aumenta el riesgo de deterioro democrático.


La economía también se afecta, pues hay evidencias, de acuerdo a otros países, que mayores niveles de polarización política están asociados con menor crecimiento y menor formación de capital y menos inversión. De la misma manera, se ha encontrado que la polarización reduce la inversión privada y afecta la productividad.


Como si las consecuencias políticas y económicas no fueran pocas, la polarización también tiene consecuencias claras en la salud emocional y mental. Hay evidencia científica que señala que la confrontación política constante y la percepción de división en la comunidad están asociadas con mayores niveles de estrés, ansiedad y síntomas depresivos en adultos. Varias investigaciones han encontrado que la polarización política y social hace que se tenga mayores probabilidades de desarrollar ansiedad o depresión y sufrir de más estrés diario. Una proporción considerable de ciudadanos describe la política como un factor significativo de estrés en su vida cotidiana, con impacto en el sueño, la irritabilidad y la tranquilidad emocional general.


Y aunque los niños no participan directamente en decisiones electorales, la polarización también afecta su bienestar emocional y social. Estudios profesionales sobre el tema, arrojan que en la infancia los niños expuestos a discriminación o burlas por simpatías políticas —propias o de sus padres— pueden experimentar ansiedad, depresión, baja autoestima e incluso estrés postraumático cuando ese estigma es intenso o persistente. En un entorno polarizado, donde las conversaciones familiares y las interacciones sociales están cargadas de tensión política, los niños perciben inseguridad y conflicto, lo que afecta su estabilidad emocional y su sensación de apoyo. Este tipo de tensión constante crea un ambiente psicológico menos favorable para el desarrollo sano de los jóvenes, incrementando la vulnerabilidad ante el estrés y los problemas emocionales en etapas claves de crecimiento y aún su predisposición hacia la violencia.


Sencillamente, en un país dividido se invierte menos, se produce menos y se generan menos oportunidades. Y eso lo terminan sintiendo en forma directa las familias en el empleo, en su ingreso, en su desarrollo y en su estabilidad familiar y emocional, de los adultos y de los niños.


Colombia necesita cambiar, sí. Pero también necesita estabilidad. Necesita acuerdos básicos que duren. El desarrollo no va a florecer en medio de la confrontación permanente.

Por eso, antes de votar este domingo, hay que proponer algo muy sencillo: regalarle al País un ratico. Solo unos minuticos. Solos con Dios, cada uno consigo mismo, en silencio, pensando. En el bus, en la casa, en el trabajo, en un parque.


Un abrir y cerrar de ojos para pensar con quién se va a estar mejor, con quién va a estar mejor mi familia, quién representa los valores que se le quiere inculcar a los hijos, quién va a crear la riqueza y estabilidad económica sostenible en la que a todos les vaya mejor y en la que los hijos progresen aún más que los padres en el futuro; quién va a aportar estabilidad en vez de más confrontación.


Y en ese instante, responderse en forma honesta y tomar una importante decisión: por quién votar, sea cual sea la ideología, sin odiar a nadie, sin presiones de otros, solo pensando en un futuro personal y familiar mejor, responderse: ¿quién es la persona más adecuada para ser el próximo Presidente de Colombia?


Ese momento puede cambiar el enfoque, incidiendo en alejarse   del “destruir al otro”. Invita a que las familias y los ciudadanos estén mejor porque quienes gobiernan hacen que el país funcione mejor. Obliga a pensar en cómo votar para mantener el empleo, para vivir con seguridad, para tener educación, salud y una pensión segura en la vejez, para volver al respeto personal e institucional.


Votar no es un desahogo emocional. Es una decisión sobre el futuro de cada uno de los colombianos, sus familias, allegados, colegas, de todos.


El próximo domingo no se vota solo para derrotar a alguien. Se vota para decidir el rumbo de nuestra vida y de nuestras familias en el país en el que queremos vivir. Y esa decisión merece, al menos, esos minutos de reflexión honesta.

 


 
 
 

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