
El hijo del hombre, el arte y distintas ideas sobre quienes somos
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EDITORIAL
Por: Juan Miguel Jaramillo Metrio
Director
Redacción San Buenaventura Estéreo 95.4 F.M
Jueves, 05 de febrero, de 2026
09:00 a.m.
“El hijo del hombre” es una de esas obras que, incluso sin saber de arte, habita el imaginario colectivo. René Magritte, su autor, fue uno de los grandes exponentes del surrealismo junto a Dalí, un movimiento que se atrevió a desafiar la realidad y la manera en que la percibimos.
El surrealismo surge en una Europa herida por la Primera Guerra Mundial, donde la razón, el progreso y el orden, fracasaron. En ese contexto, el arte decidió mirar hacia otro lugar, el inconsciente, los sueños, los símbolos y lo absurdo. Influenciados por Freud, los artistas comenzaron a explorar aquello que la lógica no podía explicar, como si el sentido del mundo estuviera escondido en lo que no es evidente.
Magritte participa de este espíritu, pero con una particularidad: no pretende escapar de la realidad, sino volverla extraña. Sus obras nos obligan a dudar de lo que vemos, a preguntarnos por la relación entre las palabras, las imágenes y los sentidos. En ese juego, el espectador deja de ser pasivo y se convierte en parte del misterio.
El propio artista lo decía con claridad: “Mis pinturas no significan nada. El misterio no se explica, se experimenta”. Y allí está la clave, cada mirada completa la obra de una manera distinta.
En El hijo del hombre vemos a un hombre de pie, frente a un muro, vestido con traje oscuro, corbata roja y bombín. Detrás, el mar y el cielo. La escena parece simple hasta que aparece el elemento que lo transforma todo: una manzana verde flotando frente a su rostro, impidiendo ver uno de sus ojos.
Esa interrupción produce incomodidad. El rostro es identidad, emoción, humanidad. Al ocultarlo, la pintura nos niega el acceso a la singularidad de ese hombre. El cerebro, que busca completar lo que ve, queda atrapado en la duda ¿Quién está detrás de la manzana?
El símbolo no es casual. La manzana remite al título de la obra y al relato del Génesis: el fruto del deseo, del conocimiento, de lo prohibido. Pero aquí ocurre una paradoja, aquello que promete conocer es, justamente, lo que impide ver. El deseo, lo bello y lo atractivo se convierten en barreras entre nosotros y la verdad que intentamos alcanzar.
Magritte, con una imagen mínima, plantea una inquietud profunda: lo que creemos que nos revela el mundo muchas veces es lo que lo oculta. Y ese hombre anónimo podría ser cualquiera. Podríamos ser todos.
Hoy, esa pregunta es más actual que nunca. Vivimos rodeados de imágenes, símbolos y representaciones. Nos mostramos, nos interpretamos y nos definimos a través de lo que proyectamos, pero rara vez logramos ver, o dejarnos ver, más allá de esas capas.
Quizá por eso El hijo del hombre sigue vigente. Porque seguimos cubriéndonos con manzanas: roles, opiniones, miedos, deseos, certezas, pero además filtros, historias debidamente escogidas y editadas. Y en ese gesto cotidiano, seguimos evitando la misma pregunta esencial.
¿Quién soy, cuando se aparta todo lo que me tapa?
Paz, amor y chocolates.





